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30/11/08

Info Hacerca del Cerebro

Los bebes empiezan a aprender palabras a los diez meses


Aunque a esa edad sólo puedan balbucear sonidos ininteligibles, a los diez meses los bebes pueden aprender dos palabras por día, pero sólo las que nombran objetos que les interesan a ellos y no al que les habla.

La conclusión surge de una investigación de las universidades Temple, Delaware y Evansville, en los Estados Unidos, que se publica en el número de marzo/abril de la revista Child Development (Desarrollo Infantil).

En su estudio, los investigadores les mostraron a 44 bebes dos objetos separados -uno "interesante" y otro "aburrido"- y les asignaron palabras inventadas, como "modi" o "worp". Luego, midieron cuánto tiempo miraban los objetos y cuál miraban cuando se los nombraban.

Así comprobaron que, a los diez meses, antes de decir mucho de nada, los pequeños eran capaces de aprender dos nuevas palabras en una sesión. Utilizando un test de comprensión (en lugar de esperar que los bebes pronunciaran las palabras), pudieron mostrar que ellos asignaban un vocablo al objeto que más les gustaba, independientemente de cuál fuera el que nombraban los investigadores.

"Descubrimos que nosotros podíamos observar uno de los objetos, tomarlo e incluso moverlo, pero el bebe naturalmente asumía que la palabra que estaba escuchando correspondía al objeto que le resultaba interesante, y no al que nos resultaba interesante a nosotros", dijo una de las autoras del estudio, Kathy Hirsh-Pasek, docente de psicología y directora del Laboratorio Infantil de la Universidad de Temple.

"Los bebes simplemente le asignan una «etiqueta» al objeto más interesante que ven -agregó Shannon Pruden, autor principal del trabajo-. Tal vez es por eso que los chicos aprenden palabras más rápido cuando los padres miran y nombran objetos que ellos ya habían considerado interesantes."

De acuerdo con los investigadores, estos resultados tienen enorme trascendencia para los padres y cuidadores. Destacan que los bebes están escuchando nuestras conversaciones y tratando de aprender palabras mucho antes de poder decirlas. También aconsejan que cuando les hablemos a nuestros hijos pequeños lo hagamos sobre cosas que les gustan a ellos y no sobre las que nos gustan a nosotros.

Los científicos también destacaron que alrededor de los 18 meses el interés de los chicos cambia. Comienzan a aprender palabras de forma diferente, fijándose más en lo que le interesa a la persona que les habla.

"El chico de 18 meses es una personita socialmente hábil, que puede penetrar en la mente del que le habla y en el vasto diccionario mental que el adulto tiene para ofrecer -dijo Hirsh-Pasek-. Pero a los diez meses ellos simplemente no pueden tomar en cuenta la perspectiva de quien les habla."




El cerebro es supersticioso por naturaleza

Bruce Hood, Profesor de Psicología del Desarrollo en la Universidad de Bristol, llevó a cabo el experimento para demostrar que los esfuerzos de algunos científicos por combatir las creencias "irracionales" son finalmente fútiles.

Para demostrar su teoría, el Profesor Hood les preguntó a los miembros del público de un festival de ciencias, si estaban preparados para probarse una anticuada chaqueta azul a cambio de un premio de 10 libras esterlinas. Después de que no pocos voluntarios levantasen la mano, él les dijo entonces que la chaqueta pertenecía a Fred West, el asesino múltiple. Al oír esto, la mayoría de los voluntarios bajaron sus manos.

En realidad, la chaqueta no había pertenecido a Fred West.

El experimento demostró que la creencia de que lo era, hizo incluso a personas que se consideran racionales, sentirse incómodas.

"Es como si la maldad, una postura moral definida por la cultura, se hubiera vuelto físicamente presente dentro de la ropa", explica el Profesor Hood.

Escrúpulos similares y "creencias" comparables, que poseen hasta los científicos más escépticos, explican, por ejemplo, por qué pocas personas estarían dispuestas a cambiar sus anillos de boda por réplicas idénticas. La diferencia entre conceder importancia sentimental a los objetos y creer en la religión, la magia o lo paranormal, es sólo de grado, según el Profesor Hood.

Estas tendencias son casi ciertamente un producto de la evolución. La mente humana está adaptada para razonar intuitivamente, de modo que pueda generar teorías sobre cómo funciona el mundo, incluso cuando no pueden verse los mecanismos ni deducirse con facilidad.

Según el Profesor Hood, debido a que los humanos operamos intuitivamente, no tiene sentido instar a las personas a abandonar sus sistemas de creencias, porque ese componente irracional opera a un nivel tan fundamental, que ninguna cantidad de evidencias racionales puede erradicarlo, de igual modo que no podemos erradicar un instinto sólo porque sea lógico hacerlo.

El Profesor Hood estuvo en el Festival Anual en Norwich, presentando su trabajo de investigación sobre el origen de las creencias místicas.




Confirman la región cerebral relacionada con el sentido de la justicia


Un experimento muy interesante pone de manifiesto que una región de nuestro cerebro controla el sentimiento de justicia.

Todas las sociedades dependen de los individuos para determinar lo que es justo y lo que no lo es. Si vemos una acción injusta realizada por otra persona tendemos a censurarla o incluso a castigarla con el sistema penal. En todo caso este sentido de la justicia proporciona una suerte de nexo entre todas las personas que componen una sociedad.

Pero todos tenemos tendencias egoístas, y hay situaciones en las que podemos sacar ventaja si rompemos las reglas. ¿Qué es lo que nos impide sucumbir a nuestros deseos y engañar a los demás? Obviamente, el castigo que los demás nos puedan imponer.

Ahora un equipo de economistas y neurólogos han identificado la región del cerebro que juega el papel principal en todo este asunto. Este trabajo de investigación, publicado en Science recientemente (Knoch D., Pascual-Leone A., Meyer K., Treyer V.y Treyer V. Science, doi:10.1126/science.1129156, 2006), arroja luz sobre cómo los humanos cooperamos entre nosotros, pero además tiene implicaciones en nuestro entendimiento de la economía y de los desórdenes mentales.

Los resultados están basados en un precioso experimento de economía que ya se realizó en el pasado y que se denomina “juego del ultimátum”.

En el juego del ultimátum participan dos personas y se juega con dinero real. Al llamado proponente se le da una cierta cantidad de dinero que tiene que dividir en dos partes no necesariamente iguales y quedarse con la que se le antoje. El respondedor tiene entonces dos opciones: quedarse con la parte que ha dejado para él el proponente o decidir que ninguno de los se queda con nada. Los dos conocen las reglas del juego previamente y el respondedor conoce el reparto realizado por el proponente. Además, el juego es a solamente a una mano. Aunque se puede repetir, no será con los mismos jugadores.

Según la teoría de juegos, que se utiliza en economía desde Nash, el segundo jugador debe de aceptar cualquier oferta pues el dinero que gane será siempre gratis y sobre cero. Sin embargo, lo que el experimento dice es que cuando la parte que se le deja al respondedor es considerada pequeña por éste, entonces rechaza la oferta y nadie gana.

En el pasado se realizó este experimento en varios países con diversos resultados. En algunos casos si cantidad dejada al respondedor era un porcentaje pequeño nadie ganaba, aunque a veces esa parte era el salario mensual medio del país. Pero había diferencias culturales. Por ejemplo, en países donde hay gran tradición por el regalo no se aceptaban porcentajes por debajo del 60%, en occidente no se aceptaba algo no igualitario que bajase del 40%, y ciertos granjeros de la Sudamérica tropical aceptaban casi cualquier oferta por pequeña que fuera.
En este caso aquí tratado se daba al proponente 20 francos suizos a dividir en dos partes. Éste tenía que mantener un equilibrio entre la tendencia a ganar el máximo dinero y el ser castigado sin ganar nada. Si por ejemplo dejaba sólo 5 de esos francos para el respondedor, éste lo rechazaba por considerarlo insultantemente injusto y en consecuencia decidía castigar al proponente aunque perdiera esos 5 francos. El respondedor estaba dispuesto a castigar al proponente aunque le costase dinero, es decir, en contra de su propio interés.

Teniendo en cuenta sólo al individuo, el sentido de la justicia es difícil de entender en términos evolutivos porque no es obvio ver las ventajas reproductivas de castigar al que es injusto. Incluso ese acto de castigo puede poner en peligro al justiciero, con lo que la pervivencia de sus genes no estaría clara. Desde este punto de vista sería más lógico pensar que la tendencia a mirar en nuestro propio interés tendría más éxito reproductivo y los genes “egoistas” (no en el sentido de Richard Dawkins) tenderían a seleccionarse.
Se sabía, gracias imágenes de resonancia magnética nuclear funcional, que la región derecha del córtex prefrontal dorsolateral (o CPFDL) estaba implicada en el proceso que controla este tipo de juego.

Estos investigadores de la Universidad de Zurich utilizaron los pulsos magnéticos de una técnica conocida como estimulación magnética transcraneal (consistente es unas bobinas aplicadas sobre la cabeza) para detener la actividad del CPFDL temporalmente.

Cuando los individuos así condicionados jugaban al juego del ultimátum como respondedores eran más proclives a tomar el dinero, aunque éste representase un porcentaje pequeño. Si el porcentaje era realmente muy pequeño entonces también lo rechazaban.

Los investigadores concluyen que esta parte del córtex cerebral está relacionada con el sistema del cerebro que determina el sentido de la justicia y que ayuda a suavizar los deseos racionales de tomar cualquier cosa que sea ofrecida.

El resultado además apoya la teoría de que las emociones, que incluye el sentido de la justicia, juegan un papel importante en la toma de decisiones económicas. Aunque esto sea un poco de sentido común, en los economistas todavía prevalece la idea de que las decisiones son racionales y que creemos que un franco es un franco y que hay que tomarlo en cualquier circunstancia.
El interés propio es importante en el ser humano, pero también lo es el sentido de justicia. Esta región del cerebro relacionada con el manejo de la “ética” está expandida sólo en los humanos y podría explicar por qué los animales no tienen esta clase de comportamientos. Es una parte que madura tarde en los adultos, alrededor de los 20 o 22 años, quizás por eso los adolescentes son menos proclives a seguir las reglas de los adultos. El sistema penal ya tiene en cuenta este hecho cuando la aplicación de la ley es diferente por debajo de los 16 o 18 años de edad.

Algunos expertos dicen que este hallazgo puede además ayudar a entender cierto tipo de desórdenes mentales. Las personas con autismo o esquizofrenia juegan a este juego de manera diferente, quizás porque luchan para entender las emociones que su oponente pueda sentir.
Todavía queda por saber cuáles son los mecanismos neurológicos subyacentes a este fenómeno, así como explicar las diferencias culturales.

Parece que dependiendo de la cultura el sistema que controla el sentimiento de justicia es cargado con las reglas locales, y una vez hecho esto nos comportamos para defender unos derechos que pertenecen al grupo social. Somos seres sociales y aceptar 1 franco de los 20 puede mandar el mensaje erróneo de que está bien engañar a los demás. Un individuo que se aprovecha de la sociedad en la que vive, pone a ésta en peligro, y por extensión a las personas que la forman. El sentimiento de justicia sería por tanto un producto social que protegería a largo plazo a la sociedad en su conjunto, aunque se tenga que sacrificar a corto plazo el beneficio de uno de los individuos que la forman. El sujeto excesivamente egoísta o que permite el egoísmo, al ser castigado por la sociedad, tendría por tanto menos éxito reproductivo. La selección natural vendría dada por el ambiente creado por el grupo social. Quizás la genética de poblaciones lo pueda explicar.

La generalización de una ética laxa, relajada o excesivamente tolerante para los demás condicionaría para mal a la sociedad en su conjunto. Bajo esta hipótesis las sociedades más justas con un sistema más meritocrático deberían de ser las más avanzadas. Sería interesante correlacionar el sentimiento de justicia medido de esta manera con el éxito social o económico de los países.





Neurólogos consideran a la música como un importante reductor de los niveles de ansiedad y hostilidad en el cerebro

Los especialistas participantes en la Reunión Anual de la Sociedad Andaluza de Neurología destacan las propiedades musicales en tratamiento de enfermedades aunque también señalan algunos peligros para los profesionales.

Especialistas en Neurología han analizado las relaciones existentes entre el cerebro y la música, la música como tratamiento de enfermedades y las enfermedades a las que da origen la música durante la XXVIII Reunión Anual de la Sociedad Andaluza de Neurología (SAN), celebrada recientemente en Cádiz. Entre los beneficios han destacado reducción de los niveles de ansiedad y hostilidad, su inducción al sueño, una mejora en la conducta de los niños y su importante contribución en la prevención de estados de agitación.

Así lo expresó el neurólogo Jesús Acosta, del Hospital Universitario Puerta del Mar, de Cádiz, quien también apuntó efectos negativos como origen de numerosas enfermedades. En este sentido, el doctor Acosta habló de las tecnopatías más frecuentes que padecen los músicos, tal es el caso de lesiones articulares, cervicales, distonías, tendinitis..., así como pérdidas elevadas de audición. En el caso concreto de los cantaores de flamenco habló de la disfonía (también conocida como voz leñosa) que sufren algunos por el uso peculiar que hacen de su voz.

De igual forma, el neurólogo expuso las alteraciones de conducta a las que pueden verse sometidos los músicos debido, fundamentalmente, a la ansiedad y estrés a la que están sometidos antes de una actuación, la depresión a la que pueden llegar si algo no les sale bien, la drogodependencia, como consecuencia de la búsqueda de estímulos externos, o el abuso de fármacos.

La relación entre música y cerebro también fue ampliamente expuesta en una ponencia en la que el doctor Acosta hizo referencia a casos de amusia, es decir, personas que no poseen sensibilidad para la música; mientras que, por el contrario, los autistas entienden los sonidos musicales y no las palabras. De igual forma, habló de músicos de gran importancia que sufrían trastornos cerebrales y que, sin embargo, llegaron a componer obras maestras.

En este sentido, citó la afasia de Ravel, las alucinaciones auditivas de Schumman, derivadas de brotes de psicosis y esquizofrenia, y que se supone dieron origen a compases de algunas de sus partituras; o de cómo el gaditano Manuel de Falla padecía una dermatitis aguda debido a su manía de lavarse constantemente las manos.
















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